El discurso antiestadounidense del chavismo volvió a chocar con la realidad. Esta vez fue Diosdado Cabello, uno de los hombres más poderosos del régimen venezolano, quien dejó de lado la retórica ideológica y reconoció que Venezuela está dispuesta a vender petróleo a Estados Unidos si Washington decide comprarlo.
La declaración marca un giro evidente en la narrativa del régimen, que durante años utilizó el enfrentamiento con EE. UU. como excusa para justificar el colapso económico, la destrucción de la industria petrolera y el empobrecimiento de millones de venezolanos. Hoy, acorralado por la crisis, el chavismo vuelve a mostrar que sin el mercado estadounidense no tiene salida.
Cabello admitió que históricamente el petróleo venezolano siempre tuvo como destino principal a Estados Unidos, una verdad que el régimen intentó ocultar mientras avanzaba en políticas de aislamiento, expropiaciones y manejo político de PDVSA. El resultado fue previsible: una empresa estatal quebrada, producción en mínimos históricos y un país sin ingresos genuinos.
Este cambio de postura no ocurre en el vacío. Venezuela atraviesa una de sus peores crisis institucionales, con un poder político debilitado, sanciones internacionales y una economía que no logra recuperarse. En ese contexto, la necesidad de divisas supera cualquier discurso ideológico, y el régimen se ve obligado a aceptar reglas básicas del comercio internacional.
Desde Estados Unidos, el enfoque apunta a garantizar estabilidad energética y a reordenar un mercado estratégico bajo criterios de eficiencia y control. Para el chavismo, en cambio, la apertura forzada evidencia el fracaso de un modelo que prometió soberanía y terminó dependiendo nuevamente del país al que durante años señaló como enemigo.
La admisión de Cabello confirma lo que muchos advirtieron desde hace tiempo: el socialismo no destruyó solo la economía venezolana, también terminó rindiéndose al capitalismo que decía combatir.